Un trabajo complicado

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Dilma Rousseff será la primera mujer que preside Brasil. Con pasado guerrillero y formación económica, sustituye en el cargo a su gran valedor, Inazio Lula da Silva. El bagaje que dejará a su marcha será difícil de abarcar. Sin embargo, Rousseff tiene ante sí un reto suplementario al de igualar a su antecesor, hacer que, esta vez sí, Brasil deje de ser la eterna promesa. Dilma Rousseff será la primera mujer que preside Brasil. Con pasado guerrillero y formación económica, sustituye en el cargo a su gran valedor, Inazio Lula da Silva. El bagaje que dejará a su marcha será difícil de abarcar. Sin embargo, Rousseff, que cuenta en su haber los años compartidos en la cúspide junto al mandatario, tiene ante sí un reto suplementario al de igualar a su antecesor, hacer que, esta vez sí, Brasil deje de ser la eterna promesa.

Cuando la presidenta electa asuma el sábado su cargo, será un momento histórico para Brasil. Dilma Rousseff se convertirá ese día en la primera mujer en vencer una elección para gobernar el país. Y será su gran valedor, Luis Inazio Lula da Silva, quien en la cúspide de su popularidad, entregue el bastón de mando a la ex ministra, algo que, si bien ha ayudado en su elección como presidenta, tiene visos de convertirse en una pesada maleta que deberá llevar a cuestas, el ser comparada con el presidente obrero.

El país se encuentra en el mejor momento económico de su historia. Situado por PIB entre las 8 economías más grandes del mundo, se ha convertido en motor del crecimiento en el subcontinente y un socio indispensable como almacén de materias primas como el petróleo o el café entre otros productos. Sin embargo, aunque el panorama parece prometedor, la consolidación de los logros económicos y sociales, uno de los déficits que han mantenido a Brasil en un discreto lugar en el mundo, es el reto a cumplir.

Rousseff es una economista de perfil técnico con fama de administradora eficiente. Analistas consideran que la futura presidenta, de 62 años, deberá empeñar toda su capacidad administrativa y experiencia de ocho años en el gobierno de Lula para afianzar los logros del mandatario saliente, que deja el poder con índices de popularidad de 87% en algunas encuestas. Como se ha podido ver durante la campaña electoral, parece que Rousseff tendrá difícil mantener una popularidad tan alta, por lo que los resultados económicos y sociales serán su regla de medir.

Según analistas, la economía es lo que hizo a Lula tan popular, en su período el ingreso per cápita creció 23% comparado con 3,5% de su antecesor. El salario mínimo creció 60% en términos reales, el desempleo cayó al nivel más bajo de la historia (un 6% en la actualidad) y se retomó la inversión pública. Los programas sociales aumentaron su popularidad entre los más pobres. Si Rousseff mantiene y expande esas iniciativas no debe tener mayores dificultades para comandar los destinos de Brasil.

La mandataria ha comenzado, antes de hacerse con el cargo, por nombrar nuevas figuras en los muchos ministerios, 37 miembros en el gabinete presidencial, con los que cuenta Brasil. Sin embargo, las principales figuras del Gobierno de Lula permanecen intactas. A inicios de diciembre, Rousseff confirmó como «hombre fuerte» de su futuro Gobierno al ex titular de Hacienda Antonio Palocci, que ocupará la vicepresidencia, y nombró otros dos ministros, todos vinculados al actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva.

La presidenta electa mantendrá en Hacienda a Guido Mantega, y contará como nueva titular de Planificación a la ingeniera Miriam Belchior, del Partido de los Trabajadores, así como al economista Alexandre Tombini al frente del Banco Central. La confirmación de Mantega y los nombramientos de los dos nuevos ministros refrendaban lo que los analistas suponían. Rousseff no se apartará, al menos por el momento, de las recetas que han hecho triunfar a su mayor valedor.

Parece una cuestión que no es necesario reseñar, pero todo hace indicar que en Brasil, con la presidencia del predecesor de Lula, Fernando Henrique Cardoso, se adoptó un recetario en materia económica que Rousseff no está dispuesta a abandonar. No en vano, los buenos resultados que ha deparado, han permitido a Lula y a la propia Rousseff elevar al país a un estatus nunca conocido antes. Las posibilidades de crecimiento de la economía brasileña son impresionantes. Falta por ver si la riqueza será distribuida de una manera justa y eso, por su historial de políticas sociales, nadie mejor que Rousseff para acometerlo.

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