El adiós de un mito

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Río de Janeiro despidió el pasado 20 de diciembre al presidente de los desfavorecidos. El propio Lula llegó a afirmarlo en la celebración: según sus datos, él ha sido el mandatario que más ha visitado las favelas. Incluso lo ha hecho más veces que todos sus predecesores juntos. Además, a pesar de los temores de los grupos conservadores, el antiguo sindicalista no se unió a la tendencia populista de izquierdas que lidera Hugo Chávez en la región. Apostó por una política económica moderada que priorizó el control de la inflación y mantuvo una relación amigable y fructífera con los inversores internacionales que han apostado con fuerza por el país. Río de Janeiro despidió el pasado 20 de diciembre al presidente de los desfavorecidos. El propio Lula llegó a afirmarlo en la celebración: según sus datos, él ha sido el mandatario que más ha visitado las favelas. Incluso lo ha hecho más veces que todos sus predecesores juntos. Además, a pesar de los temores de los grupos conservadores, el antiguo sindicalista no se unió a la tendencia populista de izquierdas que lidera Hugo Chávez en la región. Apostó por una política económica moderada que priorizó el control de la inflación y mantuvo una relación amigable y fructífera con los inversores internacionales que han apostado con fuerza por el país.

El presidente brasileño, Inazio Lula da Silva, es una de esas figuras que los ciudadanos recuerdan décadas después. La legislación electoral brasileña le ha obligado a abandonar su cargo después de dos mandatos, dejando en el cargo a su delfín, Dilma Rousseff. Detrás queda una película biográfica, una apoteósica fiesta de despedida, medidas históricas en lo social y la mejor década en lo económico del país.

La política económica de Lula se ha sustentado sobre los pilares dejados por el anterior presidente, Fernando Henrique Cardoso, del partido opositor. Cuando las televisiones de todo el mundo emitían imágenes de la toma de tierras de los terratenientes, muchos creyeron que el tiempo de Cardoso, de apertura al mercado, había terminado. Sin embargo, no fue así.

Las medidas sociales, privilegiando a los sectores más desfavorecidos de la sociedad con lo que el estado obtenía de la venta del petróleo entre otras cosas, han sido las principales banderas de sus legislaturas. Sin embargo, su modo de proceder parece haber satisfecho no solo a esos desfavorecidos, sino a una gran parte de la sociedad. El 83% de aceptación con la que abandona el cargo y la inevitable asociación con la victoria de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales, son el ejemplo.

Pero su popularidad no solo debe verse como un fenómeno interno. El gran crecimiento de Brasil en los últimos años ha convertido a su economía en uno de las referencias mundiales. No en vano ha escalado posiciones en el ranking mundial y su PIB se sitúa ya entre los 8 primeros. Estos logros, en partes propios y en parte debidos a su predecesor, han ensalzado su imagen en el ámbito internacional.

Sin embargo, la historia parece no haber terminado. La noticia corrió como la pólvora. Lula aseguró, en la fiesta de Rio de Janeiro, que no descarta retomar la escena política de primer orden en las elecciones de 2014. Cuando todavía su futuro próximo es incierto, la posibilidad de su regreso a la presidencia en 2014 se ha convirtió en la noticia del día en Brasil y en el mundo. El mandatario carioca, que ha sido nombrado por sus homólogos latinoamericanos para cada cargo de importancia que ha ido quedando vacante en este año 2010, ha rechazado, sin embargo, ligarse por el momento a organismos internacionales.

Por el contrario, tras sus palabras, el futuro próximo del líder de moda en el mundo podría estar más claro. Tras recibir un homenaje por todo lo alto, en el que el presidente brasileño se vanaglorió de haber visitado más favelas que todos los anteriores presidentes juntos, aseguró que “no puedo decir que no volveré a ser candidato. Soy un político nato”.

Dilma Rousseff, su sucesora y a la que ha apoyado en una campaña electoral más intensa de los esperado, tomará el cargo el 1 de enero. Bajo su mando, Brasil debe confirmar los augurios que hablan de su futura importancia en el panorama económico internacional, un panorama que el propio Lula se ha encargado de aclarar con sus políticas.

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