Valor del proyecto político

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No me las voy a dar de conceptual, para iniciar el artículo recordando el aceptado aserto de las ciencias que se ocupan de la conducta humana, en el sentido de la precedencia del pensamiento respecto a la actuación. Las ideas preceden y presiden la acción. Sólo que no todas las ideas valen igual. No me las voy a dar de conceptual, para iniciar el artículo recordando el aceptado aserto de las ciencias que se ocupan de la conducta humana, en el sentido de la precedencia del pensamiento respecto a la actuación. Las ideas preceden y presiden la acción. Sólo que no todas las ideas valen igual.

En la historia de la democracia venezolana –corta historia de tres cuartos de siglo- siempre la preocupación por el proyecto político ha estado por delante de los afanes partidistas o electorales. Léanme bien: siempre, antes de pensar en cómo afrontar organizativamente los eventos políticos o electorales, se ha dispuesto de las orientaciones doctrinales, conceptuales, teóricas, normativas, estratégicas, programáticas y tácticas que los insuflarán de contenidos.

Lo fue de 1936 a 1948 y desde mediados de los cincuenta a la transición democrática de finales de esa década hasta finales de los sesenta. Pero no lo es ahora. En todas las transiciones de la historia democrática venezolana se ha sabido para qué en concreto se lucha; excepto en la actual oportunidad.

Voy a resaltar una referencia casi que anecdótica sobre las transiciones de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta: el pacto partidista que permitió la época de oro de los dos primeros lapsos de gobierno fue una posibilidad real –claro que precedida de muchos intentos- sólo a partir del 13 de septiembre de 1957 (fecha aniversaria de Acción Democrática, sin duda el partido que movía la política democrática de entonces), mientras que los aspectos normativos, programáticos y tácticos ya existían y se conocían desde la adopción, por ese partido, de la llamada “Nueva Táctica” (noviembre ’56) o la “Conferencia de Exiliados”, realizada en Puerto Rico, en enero del ’57, ya referida en artículo anterior.

Critíquese el nivel de acabado de aquellas ideas, dígase que el “Programa Mínimo” que acompañó el Pacto de Puntofijo era precario, asígnense a otras circunstancias la racha de éxitos, materializados en realizaciones, de la época; pero, lo que nadie podrá negar era que aquellos “padres fundadores” de la democracia venezolana, estaban permanentemente acompañados –y orientados- por sus tesis políticas.

En mi reciente libro “Venezuela Postchavista. Prospectiva y Política” incluyo un comentario sobre el valor que los adecos asignaban a sus tesis políticas. Su éxito o su fracaso se medían por el cumplimiento o incumplimiento de tales ideas. Eso no existe ahora. Al menos, por los momentos.

Y voy a lo peor: buena parte de la explicación tiene que ver con la perversa sustitución de los paradigmas del modelo racional de organización y autoridad, por un modelo, llamémoslo carismático -para no ponerme tan ácido- que sustituyó, desde el primer gobierno de Rafael Caldera, la explicación última (o primera, si es de su gusto) de la vida política nacional. Ya lo dije: no todas las ideas valen lo mismo.

En el artículo anterior, les refería nuestros afanes personales en el plano de los propósitos y contenidos de la política democrática. El libro es ya una expresión de ello. Pero no es todo. Adelantamos una iniciativa innovadora hacia la apropiada politización de la sociedad civil, de cara a afanes electorales. Hemos recibido una invitación nueva para superar algunas de las carencias mencionadas. Aprovechamos otras invitaciones, para dejar colar algunos conceptos prospectivos de necesario manejo. O sea, que asignamos el mayor valor al Proyecto que la actual generación política está obligada a legar. En eso estamos.

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